El Seminario de Cierre del Proyecto Anillo ANID ATE220035 “Género, Biopolítica y Creación”, realizado en Valparaíso, marcó la culminación de tres años de investigación colectiva sobre las formas contemporáneas de gobierno de la vida, las resistencias sociales y los imaginarios feministas en el Chile postdictatorial. Este encuentro reunió a investigadoras e investigadores de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, la Universidad de Los Lagos, La Universidad de Tarapacá y la Universidad Federico Santa María para exponer los principales hallazgos de un trabajo que, desde la biopolítica, buscó comprender cómo se producen, gestionan y disputan las desigualdades de género en los territorios, las instituciones y la cultura. Como señaló su directora, Dra. Leticia Arancibia Martínez, “entender la biopolítica como campo de disputa vital nos obliga a reconocer que el poder no solo domina, también crea, y que allí donde hay dominación, también hay vida que se rehace y resiste”.
Simposio “Políticas de Género en la Biopolítica de la Postdictadura en Chile”
La jornada se dividió en dos simposios. En el primero, “Políticas de Género en la Biopolítica de la Postdictadura en Chile”, se abordaron las tensiones entre el avance institucional y los límites estructurales de las políticas de igualdad. En la mesa inicial, el Dr. Carlos Valdebenito Valdebenito, investigador principal del proyecto, presentó un exhaustivo análisis geodemográfico de la violencia de género en Chile, destacando que “la geografía también tiene género”. A partir de datos del INE y de la Encuesta CASEN, demostró cómo las brechas económicas, territoriales y etarias configuran patrones estructurales de desigualdad que trascienden la dimensión individual de la violencia. Señaló que el envejecimiento poblacional —con una tasa de fecundidad de 1,01 hijos por mujer y una esperanza de vida femenina que superará los 85 años hacia 2032— plantea nuevos escenarios de vulnerabilidad y dependencia económica. Su exposición evidenció que la violencia no es solo interpersonal, sino también espacial y estructural, inscrita en las dinámicas del territorio y en la distribución desigual de los recursos y oportunidades. Advirtió, además, que las políticas públicas suelen omitir esta territorialización de la desigualdad, aplicando modelos homogéneos que no reconocen las particularidades geográficas, culturales y socioeconómicas del país.

En la misma mesa, la directora regional del SERNAMEG, María Paz Rengifo Hardy, analizó críticamente la trayectoria institucional del Estado chileno en materia de género, señalando que la transición del SERNAM al SERNAMEG “no ha significado un salto sustantivo en autonomía política”. Desde una lectura biopolítica, advirtió que las políticas de género se debaten “entre la emancipación y la administración de la vida”, enmarcadas en una “gubernamentalidad del cuidado” que protege a las mujeres pero no redistribuye poder. Rengifo propuso avanzar hacia un Estado cuidador que reconozca el trabajo doméstico y de cuidados como parte del pacto social y sostuvo que las verdaderas transformaciones deben expresarse en las tres autonomías —física, económica y política—. “No se trata solo de proteger a las mujeres —dijo—, sino de garantizar que puedan decidir, crear y participar en la vida pública en condiciones de igualdad y dignidad”.
En la segunda mesa, dedicada a la violencia y las políticas de igualdad, la Dra. Gloria Cáceres Julio analizó la precariedad del Estado frente a la violencia de género, describiendo la situación de las profesionales que trabajan en la red de atención como una “lógica sacrificial”: mujeres que “trabajan con el dolor, con el lado oscuro del mundo”, sosteniendo una política pública que las expone a la inestabilidad y la sobrecarga. Desde una lectura biopolítica, Cáceres interpretó este fenómeno como una “inmunización estatal”, donde el Estado gestiona la violencia sin transformarla. A su vez, la Dra. Cecilia Zuleta Cáceres propuso una lectura neoinstitucional de los Planes de Igualdad desde 1994, señalando que estos han derivado en una “burocratización del género”, donde los avances normativos no han sido suficientes para transformar las estructuras patriarcales del poder. En sus palabras, el desafío sigue siendo “superar la lógica de la gestión para recuperar la potencia política del feminismo institucional”.

Simposio, “Movimientos Sociales, Conflictos y Representaciones del Feminismo”
El segundo simposio, “Movimientos Sociales, Conflictos y Representaciones del Feminismo”, se inició con la exposición de la Dra. Leticia Arancibia Martínez, directora del proyecto, quien ofreció una mirada de conjunto sobre los tres años de investigación y sus hallazgos. Desde una lectura crítica de la biopolítica, explicó que el estudio se organizó en tres niveles —poblaciones, ciudadanía y políticas públicas— para comprender cómo las relaciones de género se producen, controlan y transforman en el Chile contemporáneo. A nivel de las poblaciones, señaló que persisten dinámicas de exclusión que afectan especialmente a mujeres y disidencias en los territorios periféricos; en el plano de la ciudadanía, observó la expansión de una cultura del miedo y del odio que intenta neutralizar los avances del feminismo; y en el nivel de las políticas públicas, advirtió la persistencia de una “sumisión normalizadora” en la educación y en los medios, donde se reproducen jerarquías de género y sexualidad. “Todo cambio social parte desde abajo, horadando hasta hacerse visible”, afirmó, insistiendo en que los movimientos feministas son quienes “fracturan los procesos de subjetivación durante la dictadura y producen nuevas prácticas de resistencia”. Para Arancibia, el proyecto permitió constatar que la biopolítica contemporánea no solo gestiona la vida, sino que también la moviliza, y que la creación —en sus múltiples formas— se ha convertido en una estrategia política que articula cuerpo, memoria y comunidad frente a las lógicas del control estatal y mediático.

La Dra. Laura Jordán González presentó su investigación sobre el colectivo afrodescendiente Aluna Tambó, integrado por mujeres afroariqueñas que transformaron el tumbe —una práctica musical y dancística— en un espacio de reapropiación política. “Estas artistas —dijo— transforman el tambor en un dispositivo de memoria viva y de pedagogía emancipadora”, al resistir la folklorización institucional y reivindicar la corporalidad como archivo de memoria y libertad. La Dra. Vanessa Labarthé complementó esta línea al rescatar la historia de las Mujeres de Luto de Arica, quienes en 1973, vestidas de negro, convirtieron el silencio en una forma de resistencia. “Vestirse de negro no fue solo un signo de pérdida —señaló—, sino un acto de afirmación política: un modo de decir que la vida sigue, que la memoria se defiende en cuerpo presente”. Ambas ponencias situaron al norte de Chile como un territorio donde la memoria femenina se encarna en gestos colectivos de resistencia.
La segunda mesa del simposio reunió los aportes de las investigadoras María Soledad Ascencio, Tracy Pizarro Herrera y Pamela Soto García, quienes reflexionaron sobre los imaginarios, representaciones y fundamentos filosóficos del feminismo en el Chile actual. La Dra. María Soledad Ascencio Cortés presentó un estudio sobre estudiantes de educación media que explora las representaciones sociales del sistema sexo-género y del movimiento feminista en el Chile postdictatorial. A partir de una metodología mixta —encuestas a 388 jóvenes y veinte grupos de discusión en distintas regiones—, la investigación revela la coexistencia de imaginarios instituidos, que reproducen el orden patriarcal, e imaginarios instituyentes, que impulsan nuevas formas de igualdad y reconocimiento. Ascencio explicó que los varones tienden a ubicarse “por fuera del feminismo”, marcando una distancia simbólica frente al movimiento, mientras que las jóvenes se reconocen en él desde una experiencia corporal y política que denomina un “feminismo encarnado”, donde el cuerpo y la acción se vuelven espacios de subjetivación y libertad. En palabras de la investigadora, estos discursos juveniles expresan “una disputa simbólica entre el feminismo como amenaza y el feminismo como horizonte civilizatorio”, mostrando que las nuevas generaciones son hoy uno de los escenarios más activos donde se reconfigura el sentido político del feminismo.

Desde una perspectiva cuantitativa y discursiva, Tracy Pizarro Herrera presentó los resultados del análisis estadístico de una encuesta aplicada a 388 personas de la Región de Valparaíso, centrada en las representaciones sociales del feminismo y del sistema sexo/género. Su exposición mostró que estas representaciones se estructuran en torno a una ambivalencia simbólica, donde coexisten discursos de apoyo al feminismo con percepciones de amenaza o desorden moral. “Las representaciones sociales evidencian espacios de disputa entre discursos transformadores y resistencias culturales-religiosas”, explicó, subrayando que la aceptación del feminismo se expresa más en el plano simbólico que en transformaciones concretas de la vida social. A través de técnicas de análisis prototípico y de asociación de palabras, Pizarro identificó núcleos de sentido vinculados a la lucha contra la violencia, la educación no sexista y la igualdad de derechos, junto con discursos que todavía asocian el feminismo al exceso o la radicalidad. En su interpretación, esta tensión refleja “una transición cultural inconclusa”, donde la igualdad se asume como valor, pero el patriarcado sigue operando como principio de orden.
Finalmente, Pamela Soto García cerró el encuentro con una reflexión teórico-política que situó al feminismo como una de las fuerzas más lúcidas para repensar la democracia contemporánea. Su intervención propuso entender la democracia no solo como un sistema institucional, sino como una práctica vital que se construye en el vínculo, el cuerpo y la experiencia compartida. “No hay democracia sin cuerpo, sin afecto y sin vínculo”, sostuvo, enfatizando que las formas de vida cotidiana —los cuidados, las emociones, los gestos de reciprocidad— son tan políticas como las estructuras del Estado. Desde esa perspectiva, el feminismo no busca corregir la política desde dentro, sino reconfigurar su gramática, desplazando la lógica del dominio y la competencia hacia una ética del cuidado, la interdependencia y la cohabitación.
Soto explicó que las teorías políticas feministas han ampliado los márgenes de lo político al

lo sensible y lo común como dimensiones centrales del quehacer democrático. En su lectura, la democracia es un proceso inacabado que solo puede sostenerse si reconoce la fragilidad de los cuerpos y la necesidad de construir relaciones basadas en la mutualidad. “La democracia —afirmó— no es un punto de llegada, sino una relación que se rehace continuamente en la vulnerabilidad y en el encuentro con el otro”. En este sentido, su reflexión dialogó con la línea central del proyecto, al situar el pensamiento feminista como una resistencia epistémica frente a la biopolítica de la exclusión y como una apuesta por una política de la vida que articule conocimiento, creación y comunidad.
El seminario dejó en evidencia que el proyecto Género, Biopolítica y Creación ha construido un campo de pensamiento y acción donde la teoría y la práctica dialogan desde los territorios, los cuerpos y las instituciones. Tres años de trabajo dieron forma a un mapa complejo del Chile contemporáneo: un país donde las mujeres siguen enfrentando desigualdades estructurales, pero también donde surgen nuevas formas de comunidad, cuidado y resistencia. En palabras de Arancibia, “todo cambio social parte desde abajo, horadando hasta hacerse visible”. Ese gesto de insistir en la vida, incluso en contextos de precariedad y exclusión, define la fuerza ética y política del feminismo que este proyecto ha contribuido a pensar y visibilizar.
